jueves, 22 de diciembre de 2011

“GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS”


Hermanos, Dios ha nacido
sobre un pesebre, Aleluya.
Hermanos, cantad con nosotros:
“Gloria a Dios en la alturas.” 

Desde su cielo ha traído
mil alas hasta su cuna.
Hermanos, cantad con nosotros:
“Gloria a Dios en la alturas.” 

Hoy mueren todos los odios
y renacen las ternuras.
Hermanos, cantad con nosotros:
“Gloria a Dios en la alturas.” 

El corazón más perdido
ya sabe que alguien le busca.
Hermanos, cantad con nosotros:
“Gloria a Dios en la alturas.” 

El cielo ya no está solo,
la tierra ya no está a oscuras.
Hermanos, cantad con nosotros:
“Gloria a Dios en la alturas.”






 




viernes, 25 de noviembre de 2011

MARÍA, NO TEMAS...


--María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su Reino no tendrá fin. (Lc 1, 30-33)

jueves, 17 de noviembre de 2011

EL HIJO ETERNO, EXPRESIÓN PERSONAL DEL AMOR DEL PADRE

           El Hijo comparte su naturaleza en el Padre y con el Padre y, a nuestros ojos humanos, el Hijo en su ministerio misericordioso manifiesta sus rasgos divinos al ser expresión personal del amor del Padre; el Hijo es la revelación misericordiosa del amor divino a todas sus criaturas. Tal como Dios es amor (1), el Hijo es misericordia. El Hijo no puede amar más que el Padre, pero puede mostrar misericordia a las criaturas de otra manera, porque no sólo es creador primigenio como el Padre, sino que es también el Hijo Eterno del mismo Padre. 

El Hijo Eterno es el gran dador de la misericordia para toda la creación (2). Y la  misericordia es la esencia misma de su carácter espiritual.

Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano, lo tocó y le dijo: --Quiero, sé limpio.  (Mc 1,41)

Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: --Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti. (Mc 5,19) 

           Los deseos del Hijo Eterno, cuando salen de su persona, se modelan con tonos de misericordia (3). El Hijo en esa expresión de misericordia también nos ama, y su amor tiene un  origen divino: el Padre que es amor, Y es en este amor en que radica igualmente el ministerio del Espíritu Santo que nos legó.

        El ministerio del Hijo Eterno está destinado a revelar el Dios de amor a todos los seres creados. Pero tenemos que tener en cuenta de que el hijo no intenta persuadir a su benigno Padre de que ame a sus modestas criaturas y de que sea misericordioso con los transgresores. ¡Qué equivocación concebir al Hijo Eterno suplicando al Padre Universal que sea misericordioso con sus humildes criaturas! Estos son ideas poco adecuadas acerca de Dios. Más bien deberíamos darnos cuenta de que toda la labor de misericordia del Hijo de Dios constituye la revelación directa del corazón del Padre, alguien universalmente amoroso e infinitamente compasivo. El amor del Padre es la fuente real y eterna de la misericordia del Hijo.  

Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. (Jud 1,21)  

       Dios es amor, el Hijo es misericordia. La misericordia es la aplicación del amor, el amor del Padre en acción en la persona de su Hijo Eterno. El amor de este Hijo Universal es asimismo universal. Podríamos decir que el amor de Dios se compara más al amor de un padre, mientras que el amor del Hijo Eterno se semeja más al afecto de una madre. Quizás no sea una ilustración adecuada, pero es posible que, por la misma economía del universo, exista una diferencia, no en contenido divino sino en cualidad y forma de expresión, entre el amor del Padre y el amor del Hijo. 

Otras citas bíblicas  
(1) 1 Jn 4,8,16.

(2)  Ex 20,6; Dt 4,31; 5,10; Nm 14,18,19; 1 Cr 16,34,41; 2 Cr 5,13; 7,3,6; 30,9; Esd 3,11; Sal 25,6;36,5; 86,15; 100,5; 103,8,17; 107,1; 116,5; 117,2; 118,1,4; 136,1,26; 145,8; Is 54,8; 55,7; Jer 3,12; Mi 7,18; He  8,12.
 (3) 1 Cr 16,34.

sábado, 8 de octubre de 2011

NUESTRO ACERCAMIENTO A DIOS

          La incapacidad de la criatura finita para acercarse al Padre infinito es consustancial, no a una actitud distante del Padre, sino a la finitud y a las limitaciones materiales de los seres creados.  Resulta inconcebible que haya una diferencia espiritual tan inmensa entre la Persona más elevada que existe en el universo y los órdenes más modestos de inteligencias creadas. Si nos fuera posible transportarnos al instante hasta la presencia misma del Padre, no nos daríamos cuenta de que estábamos allí. Estaríamos tan ajenos a la presencia del Padre Universal como lo estamos donde nos encontramos ahora. El hombre mortal ha de recorrer un largo, largo camino antes de que pueda, de manera consecuente y dentro de lo posible, conseguir el privilegio de poder estar ante la presencia del Padre Universal del Paraíso.

         Nuestro Padre no está oculto ni se encuentra recluido de forma arbitraria. Él ha puesto en ejecución los medios disponibles a su sabiduría divina en un interminable esfuerzo por revelarse a sus hijos. Hay una grandeza infinita y una generosidad inexpresable relacionadas con la majestuosidad de su amor que le hace anhelar la vinculación con todos los seres creados capaces de comprenderle, amarle o acercarse a él; y son, por tanto, nuestras propias limitaciones, inseparables de nuestro ser personal finito y de nuestra existencia material las que determinan el momento y el lugar y las circunstancias en que podremos lograr el objetivo final: encontrarnos en la presencia del Padre, en el centro de todas las cosas.

Aunque para acercarnos a la presencia del Padre en el Paraíso tenemos que esperar a alcanzar, en nuestro progreso espiritual, los más elevados niveles finitos, debe regocijarnos saber que tenemos siempre presente la posibilidad de comunión inmediata con el espíritu otorgado por el Padre, que tan íntimamente está vinculado con la interioridad de nuestra alma y con nuestro yo, con un yo en camino de su espiritualización.
 Como mortales, podemos diferir enormemente en cuanto a nuestras capacidades innatas y a nuestra dote intelectual, podemos disfrutar de entornos excepcionalmente favorables para avanzar socialmente y progresar moralmente, o bien podemos sufrir la carencia casi total de asistencia humana para cultivarnos y presumiblemente avanzar en las artes de la civilización; pero las posibilidades para progresar espiritualmente son iguales para todos; es posible alcanzar niveles crecientes de percepción espiritual y de significados cósmicos con independencia de cualquier diferencia sociomoral debida a los diversos ambientes materiales en los que nos desarrollamos.
Cualesquiera que sean las diferencias entre nosotros en cuanto a oportunidades y dotes intelectuales, sociales, económicas e incluso morales, no olvidemos que la dote espiritual es uniforme y única. Todos disfrutamos de la misma presencia divina del don procedente del Padre y todos tenemos igual privilegio para perseguir una comunión personal íntima con este espíritu interior de origen divino, del mismo modo que todos igualmente disponemos de la posibilidad de aceptar su dirección espiritual.
Si el hombre mortal está espiritualmente motivado y consagrado con todo su corazón a hacer la voluntad del Padre, entonces, puesto que está tan cierta y efectivamente dotado por el espíritu que habita en su interior, no puede dejar de materializarse en la vivencia de ese ser la conciencia sublime de conocer a Dios y la excelsa seguridad de sobrevivir con el propósito de encontrarle al hacerse progresivamente cada vez más semejante a él.
En el hombre mora espiritualmente una parte de Dios. Si la mente de este hombre está sincera y espiritualmente motivada, si su alma humana desea conocer a Dios y parecerse a él, si con franqueza desea hacer la voluntad del Padre, no existirá nada que impida que dicha alma, así motivada de forma divina, ascienda con seguridad hasta las puertas del Paraíso.
 El Padre desea que todas sus criaturas estén en comunión personal con él. Él tiene un lugar en el Paraíso para recibir a todos aquellos que lo busquen desde el corazón. Debemos, por tanto, fijar en nuestra  filosofía de una vez y para siempre lo siguiente: Dios es accesible, el Padre es alcanzable, el camino está abierto; las fuerzas del amor divino y los caminos y medios bajo la dirección divina están implicados en un esfuerzo conjunto para facilitar el avance a cualquier ser digno hasta la presencia del Padre Universal en el Paraíso.
Mientras conserve su facultad de elegir, el hombre mortal puede acercarse a Dios o bien puede, repetidas veces, no aceptar la voluntad divina. La suerte final del hombre no acontece hasta que éste haya perdido la facultad de elegir la voluntad del Padre. Jamás se cierra el corazón del Padre a la necesidad y solicitud de sus hijos. Sólo  aquellos que cierran su corazón para siempre al poder de atracción del Padre son los que, finalmente y para siempre, pierden el deseo de hacer su divina voluntad: conocerle y semejarse a él. Asimismo, el hombre se asegura su eterno destino cuando ha hecho la elección final e irrevocable de vivir la voluntad del Padre.
Dios, en su grandeza, hace contacto directo con la mente del hombre mortal y le da una parte de su infinito, eterno e incomprensible ser para que viva y more dentro de él. Dios se ha embarcado con el hombre en la aventura eterna. Si nos rendimos a las fuerzas espirituales que están en nosotros y a nuestro alrededor, alcanzaremos, sin temor al fracaso, el elevado destino establecido por un Dios amoroso: estar en su Presencia.

¿PARA QUÉ VINO JESÚS?

El Maestro vino para crear un nuevo espíritu en el hombre, una nueva voluntad,  — para conferirle una capacidad nueva para conocer la verdad, vivenciar la compasión y elegir la bondad — la voluntad de estar en armonía con la voluntad de Dios, unida al impulso eterno de hacerse perfecto como el Padre que está en los cielos es perfecto.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LA MISERICORDIA DIVINA

        
La misericordia es sencillamente la justicia atenuada por esa sabiduría que nace de la perfección del conocimiento y del pleno reconocimiento de la debilidad natural y de los impedimentos ambientales de las criaturas finitas. “Nuestro Dios es compasivo, clemente, lento para la ira y pleno en misericordia (1)”. Por tanto “todo aquel que invocare al Señor, será salvo” (2), “el cual será amplio en perdonar” (3). “La misericordia del Señor dura desde la eternidad hasta la eternidad” (4); sí, “es eterna su misericordia” (5). “Yo soy el Señor, que ejerzo misericordia, juicio y rectitud en la tierra, porque en estas cosas me complazco” (6). “No aflijo voluntariamente ni entristezco a los hijos de los hombres” (7), porque yo soy “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (8).
Dios es bondadoso en esencia, compasivo por naturaleza y misericordioso en perpetuidad, y nunca es necesario influir en el Padre para suscitar su benevolencia. La necesidad de la criatura es en sí misma totalmente suficiente para asegurar el fluir pleno de su tierna misericordia y de su gracia salvadora. Puesto que Dios conoce todo acerca de sus hijos, le resulta fácil perdonar. Y cuanto mejor entienda el hombre a su prójimo, tanto más fácil le resultará perdonarlo e incluso amarlo.
Solamente mediante el discernimiento de su sabiduría infinita puede el Dios de rectitud proveer, al mismo tiempo y en cualquier situación que se presente en el universo, justicia y misericordia. El Padre celestial no se debate en actitudes opuestas hacia sus hijos del universo; Dios nunca experimenta antagonismos en su actitud. Dios, con su omnisciencia, pone en acción su libre voluntad y elige, de forma indefectible, la conducta universal que satisface de forma perfecta, simultánea y por igual las exigencias de todos sus atributos divinos y de las cualidades infinitas de su naturaleza eterna.
La misericordia es el resultado natural e inevitable de la bondad y del amor. Por su naturaleza bondadosa, el Padre amoroso jamás negaría el sabio ministerio de su misericordia a miembro alguno de cualquier grupo de sus hijos del universo. Juntas la justicia eterna y la misericordia divina constituyen lo que se denominaría ecuanimidad en la experiencia humana.
La misericordia divina representa de por sí un modo equitativo de realizar el ajuste entre los niveles universales de perfección e imperfección. La misericordia es la justicia de la Supremacía adaptada a las situaciones de lo finito en evolución, es la rectitud de la eternidad modificada para atender a los hijos del tiempo en sus más sublimes intereses y en su bienestar en el universo. La misericordia no contraviene a la justicia, sino que es más bien una benévola interpretación de las exigencias de la justicia suprema al aplicarse con equidad a todos los seres ya sean espirituales o mortales. La misericordia es la justicia que parte de la Trinidad del Paraíso en visitación, sabia y amorosa, a las múltiples inteligencias de las creaciones del tiempo y del espacio, y se origina en la sabiduría divina, y se determina en la mente omnisapiente y en la voluntad libre y soberana del Padre Universal.
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  1) Sal 86,15; 145,8. 
  2) Sal 50,15; Jl 2; 32; Zac 13,9; Hch 2,21; Ro  10,13. 
  3) Is 55,7.  
  4) Sal  103, 17; 100, 05; Is  54:8.  
  5) 1 Cr 16, 34,41; 2  Cr 5, 13; 2  Cr 7, 3,6; Sal  107, 1; 118,1,4; 136,1,26.
  6) Jer 9,24. 
  7) Lm 3,33. 
  8) 2 Co 1,3. 


 

¿CÓMO VIVIÓ JESÚS?

Vivió en medio de la tensión y de la tempestad, pero nunca vaciló. Sus enemigos le tendieron trampas contínuamente, pero nunca lograron hacerle caer. Los sabios y los eruditos intentaron ponerle obstáculos, pero no tropezó.

jueves, 30 de junio de 2011

LA CIMA DE LA VIDA RELIGIOSA

Aunque el ser humano medio no puede esperar alcanzar la elevada perfección de carácter que adquirió Jesús de Nazaret mientras permaneció en la carne, al creyente  le es totalmente posible desarrollar una personalidad fuerte y unificada según el modelo de perfección de la personalidad  de Jesús. La característica incomparable de la personalidad del Maestro no era tanto su perfección como su simetría, su exquisita unificación equilibrada. La presentación más eficaz de Jesús consiste en seguir el ejemplo de aquel que dijo, mientras hacía un gesto hacia el Maestro que permanecía de pie delante de sus acusadores: “¡He aquí al hombre!”

La constante amabilidad de Jesús conmovía el corazón de los hombres, pero la firmeza de su fuerza de carácter asombraba a sus seguidores. Era realmente sincero; no había nada de hipócrita en él. Estaba exento de simulación. Era siempre reconfortantemente auténtico. Nunca fingió. Vivía la verdad tal como la enseñaba. Él era la verdad. Estaba obligado a proclamar la verdad salvadora a su generación, aunque esta sinceridad a veces causara sufrimiento. Era incondicionalmente leal a toda verdad.

Pero el Maestro era tan razonable, tan accesible. Era tan práctico en todo su ministerio, mientras que todos sus planes se caracterizaban por un sentido común santificado. Estaba libre de toda tendencia a lo extravagante, a lo errático y excéntrico. Nunca era caprichoso, antojadizo o histérico. En todas sus enseñanzas y en todas las cosas que hacía siempre había un discernimiento exquisito, asociado a un extraordinario sentido de la corrección.

El Hijo del Hombre siempre fue una personalidad bien equilibrada. Incluso sus enemigos le tenían un gran respeto; temían incluso su presencia. Jesús no tenía miedo. Estaba lleno de entusiasmo divino, pero nunca se dejó llevar por el fanatismo. Era emocionalmente activo, pero nunca caprichoso. Era imaginativo pero siempre práctico. Se enfrentaba con franqueza a las realidades de la vida, pero nunca era insulso ni prosaico. Era valiente pero nunca temerario; prudente, pero nunca cobarde. Era compasivo pero no sensiblero; excepcional pero no excéntrico. Era piadoso pero no beato. Estaba tan bien equilibrado porque estaba perfectamente unificado.

Jesús no reprimía su originalidad. No estaba atado a la tradición ni obstaculizado por la esclavitud a los convencionalismos. Hablaba con una confianza indudable y enseñaba con una autoridad absoluta. Pero su magnífica originalidad no le inducía a pasar por alto las perlas de verdad contenidas en las enseñanzas de sus predecesores o de sus contemporáneos. Y la más original de sus enseñanzas fue el énfasis que puso en el amor y la misericordia, en lugar del miedo y el sacrificio.

Jesús tenía un punto de vista muy amplio. Exhortaba a sus seguidores a que predicaran el evangelio a todos los pueblos. Estaba exento de toda estrechez de miras. Su corazón compasivo abarcaba a toda la humanidad e incluso a un universo. Su invitación siempre era: “Si alguien quiere venir en pos de mí, sígame”.

De Jesús se ha dicho en verdad: “Confiaba en Dios”. Como hombre entre los hombres, confiaba de la manera más sublime en el Padre que está en los cielos. Confiaba en su Padre como un niño pequeño confía en su padre terrenal. Su fe era perfecta pero nunca presuntuosa. Por muy cruel o indiferente que la naturaleza pareciera ser para el bienestar de los hombres en la Tierra, Jesús no titubeó nunca en su fe. Era inmune a las decepciones e insensible a las persecuciones. Los fracasos aparentes no le afectaban.

Amaba a los hombres como hermanos, reconociendo al mismo tiempo cuánto diferían en dones innatos y en cualidades adquiridas. “Iba de un sitio para otro haciendo el bien”.

Jesús era una persona excepcionalmente alegre, pero no era un optimista ciego e irracional. Sus palabras constantes de exhortación eran: “Tened ánimo”. Podía mantener esta actitud convencida debido a su confianza inquebrantable en Dios y a su fe férrea en los hombres. Siempre manifestaba una consideración conmovedora a todos los hombres porque los amaba y creía en ellos. Pero siempre se mantuvo fiel a sus convicciones y magníficamente firme en su consagración a hacer la voluntad de su Padre.

El Maestro siempre fue generoso. Nunca se cansó de decir: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Y también: “De gracia recibisteis, dad de gracia”. Y sin embargo, a pesar de su generosidad ilimitada, nunca fue un despilfarrador. Enseñó que tenemos que creer para recibir la salvación. “Pues todo aquel que busca, hallará”.

Era sincero, pero siempre amable. Decía: “Si no fuera así, de otra manera os lo hubiera dicho”. Era franco, pero siempre amistoso. Expresaba claramente su amor por los pecadores y su odio por el pecado. Pero en toda esta franqueza sorprendente, era infaliblemente equitativo.

Jesús siempre estaba alegre, a pesar de que a veces bebió profundamente de la copa de las tristezas humanas. Se enfrentó con valentía a las realidades de la existencia humana y, sin embargo, estaba lleno de entusiasmo por el evangelio del reino. Pero controlaba su entusiasmo, y éste nunca le dominó. Estaba consagrado sin reservas a “los negocios de mi Padre”. Este entusiasmo divino condujo a sus hermanos no espirituales a pensar que estaba fuera de sí, pero era el modelo de la cordura y el arquetipo de la suprema devoción humana a los criterios más elevados de la vida espiritual. Su entusiasmo contenido era contagioso; sus compañeros se veían obligados a compartir su divino optimismo.

Este hombre de Galilea no era un hombre de tristezas; era un alma de alegría. Siempre estaba diciendo: “Regocijaos y sed llenos de alegría”. Pero cuando el deber lo exigía, estaba dispuesto a atravesar valientemente el “valle de la sombra de la muerte”. Era alegre pero al mismo tiempo humilde.

Su valor sólo era igualado por su paciencia. Cuando le presionaban para que actuara prematuramente, se limitaba a responder: “Mi hora aún no ha llegado”. Nunca tenía prisa; su serenidad era sublime. Pero a menudo se indignaba contra el mal, no toleraba el pecado. Con frecuencia se sintió impulsado a oponerse enérgicamente a aquello que iba contra el bienestar de sus hijos terrenales. Pero su indignación contra el pecado nunca le condujo a enojarse con los pecadores.

Su valor era extraordinario, pero nunca temerario. Su lema era: “No temáis”. Su valentía era altiva y su coraje a menudo heroico. Pero su coraje estaba unido a la discreción y controlado por la razón. Era un coraje nacido de la fe, no de la temeridad ciega. Era realmente valiente pero nunca osado.

El Maestro era un modelo de veneración. Su oración comenzaba por: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”. Respetaba incluso  las forma de adoración errónea de sus semejantes. Pero esto no le impedía luchar contra las tradiciones religiosas o enfrentarse a los errores de las creencias humanas. Veneraba la verdadera santidad y, sin embargo, podía apelar con razón a sus semejantes, diciendo: “¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?”.

Jesús era grande porque era bueno y, aún así fraternizaba hasta con los más pequeños. Era amable y modesto en su vida personal y, sin embargo, era un hombre perfecto. Sus compañeros le llamaban Maestro por propia iniciativa.

Jesús era una persona humana unificada en perfección. Y hoy, como en Galilea, continúa unificando la experiencia de los seres humanos y coordinando sus esfuerzos. Unifica la vida, ennoblece el carácter y simplifica la experiencia. Entra en la mente humana para elevarla, transformarla y transfigurarla. Es literalmente cierto que: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas..”

domingo, 19 de junio de 2011

ENSEÑANZAS QUE NOS ENRIQUECEN: LA MORAL, LA VIRTUD Y EL SER PERSONAL

La inteligencia por sí sola no puede explicar la naturaleza moral. La moralidad, la virtud, es inmanente al ser personal humano. La intuición moral, la cognición del deber, es un componente de la dote de la mente humana y está vinculada con otros elementos inalienables de la naturaleza humana: la curiosidad científica y la percepción espiritual. La mentalidad del hombre trasciende en mucho la de los animales con los que está emparentado, pero es su naturaleza moral y religiosa la que le distingue del mundo animal.

La respuesta selectiva de un animal se limita al nivel motor de la conducta. La supuesta percepción de los animales más elevados está en un nivel motor y generalmente aparece tan sólo después de la experiencia motora de la prueba y el error. El hombre es capaz de ejercer una percepción científica, moral y espiritual con anterioridad a cualquier exploración o experimentación.
Tan sólo un ser personal puede reconocer lo que hace antes de hacerlo; tan sólo los seres personales poseen el conocimiento previo a la experiencia. Un ser personal puede observar antes de saltar y puede por tanto aprender de la observación al igual que de la acción de saltar. Un animal no personal generalmente aprende sólo saltando.
Como resultado de la experiencia, un animal puede examinar las diferentes formas de conseguir una meta y de optar por un enfoque basado en la experiencia acumulada. Pero un ser personal también puede examinar la meta misma y juzgar su importancia, su valor. La inteligencia por sí sola puede discernir la mejor manera de conseguir fines indiscriminados, pero un ser moral posee la percepción que le permite discernir entre los fines al igual que entre los medios. Y un ser moral, al optar por la virtud, es sin embargo inteligente. Él sabe lo que hace, por qué lo hace, adónde va y cómo va a llegar a allí.
Cuando el hombre no consigue discernir los objetivos de sus luchas terrenales, se encuentra obrando en el nivel animal de la existencia. No ha conseguido aprovechar sus ventajas superiores de esa perspicacia material, discernimiento moral y  percepción espiritual que son parte integral de su dote de mente cósmica como ser personal.
La virtud es rectitud: conformidad con el cosmos. Nombrar las virtudes no quiere decir definirlas, pero vivirlas es conocerlas. La virtud no es mero conocimiento ni siquiera sabiduría sino más bien la realidad de la vivencia progresiva de poder lograr niveles ascendentes de alcance cósmico. En la vida diaria del hombre mortal, la virtud se realiza como la elección uniforme del bien sobre el mal, y dicha capacidad de elección es prueba de la posesión de una naturaleza moral.
La elección del hombre entre el bien y el mal está influida, no solamente por la conciencia de su naturaleza moral, sino también por influencias como la ignorancia, la inmadurez y la ilusión. El sentido de la proporción también tiene parte en el ejercicio de la virtud porque el mal puede producirse cuando se elige lo  menor en lugar de lo mayor como resultado de la distorsión o del engaño. El arte de la valoración relativa o de la evaluación comparativa entra en la práctica de las virtudes del ámbito moral.
La naturaleza moral del hombre sería impotente sin el arte de la evaluación, del discernimiento englobado en su capacidad de estudiar los contenidos de las cosas. Del mismo modo, la elección moral sería inútil sin la percepción cósmica que produce la conciencia de los valores espirituales. Desde el punto de vista de la inteligencia, el hombre asciende al nivel de un ser moral porque está dotado de la cualidad del ser personal.
La moralidad nunca se puede promover ni por la ley ni por la fuerza. Es un asunto de libre elección personal que debe diseminarse mediante el contagio por contacto de las personas moralmente atrayentes con aquellas que reaccionan con menos moralidad, pero que también tienen en cierta medida el deseo de hacer la voluntad del Padre.
Las acciones morales constituyen aquellas actuaciones humanas que se caracterizan por la inteligencia más elevada, se dirigen mediante un discernimiento selectivo en la elección de los fines superiores al igual que en la elección de los medios morales para conseguir esos fines. Esta conducta obra en la virtud. La virtud suprema, por tanto, es elegir de todo corazón hacer la voluntad del Padre en los cielos. 

domingo, 5 de junio de 2011

ASCENSIÓN...

A pesar de que todas las criaturas tenemos que morir y regresar a la tierra, el espíritu del hombre noble se va para desplegarse en las alturas y ascender a la luz gloriosa del resplandor final tal como hizo Jesús.

miércoles, 1 de junio de 2011

VIGÉSIMO PRIMER PASO Y ÚLTIMO: AMAR A DIOS



Crecemos en nuestro conocimiento del Padre celestial y le amamos y adoramos. Él es la fuente de ese infinito amor que nos ha creado y nos sustenta.

La humanidad se agita como zarandeada por un mar picado. Parece que incluso se deleita en sus propias debilidades; la tierra parece gemir al ritmo de una imaginación exacerbada y perturbada; se abren grietas por las que podemos caer; hay unos ojos que nos acechan para robarnos lo poco que tenemos. Y cuando pensamos en el final de nuestra vida, nuestro cuerpo se estremece. Pero ahí está nuestro Padre celestial, que conoce nuestros nombres y nuestros caminos, dispuesto para llevarnos completos a su reino y para darnos la paz que tanto ansían nuestros corazones.

Ayúdanos a sumergir nuestros maltrechos remos en el océano de tu amor y desaparecer en tu infinitud para emerger, de nuevo, ya rehechos. Te amamos, Padre, y anhelamos tu amor cada vez más. Eres el principio y el fin; tú riges las idas y venidas de todas las cosas. Danos tu paz, Padre celestial, para que podamos sentirnos seguros mientras nos afanamos por hacer tu voluntad en este agitado mundo. Ayúdanos a seguirte tanto en los momentos de alegría como en el estruendo de la tormenta. Ayúdanos a darte las gracias tanto en los momentos de felicidad como de abatimiento. Depositamos en ti todos los deseos de nuestras almas; concede claridad a nuestras débiles y desordenadas mentes. ¡Ven en poder a los que buscamos tu espíritu! Que los cielos revelen tu poder soberano y que tu espíritu descienda para inspirar a aquellos que te buscan.

Con los ojos del espíritu percibimos la belleza en las cosas comunes como si buscáramos pepitas de oro en el lodo de un río. Vemos la excelencia de tu plan y la sabiduría de tu llamada. Tu paz descansa sobre nosotros. Estamos por fin aprendiendo a conocer tu voluntad. Las ataduras que tanto nos limitaban se deshacen con el sol que empieza a calentar temprano las laderas de las montañas. Ya no nos sentimos aprisionados por las cosas de este mundo, sino que nos sentimos libres para seguir el destino que tú has dispuesto para nosotros, y no nos es posible seguir ningún otro camino, amado Padre, tras haber descubierto, en el sendero que conduce hacia tu presencia, tu belleza y tu bondad.

Disfrutamos de las cosas más comunes de la vida sabiendo que fuiste tú quien le diste forma. Somos incluso capaces de ver inmensas praderas de paz y realización personal tras la enfermedad y la falta de armonía del mundo. Te vemos en las sombras, tras esa puerta que abrimos, y cabalgamos al viento de tu amor. Te seguiremos para siempre, cada vez más allá, más cerca de ti, hasta que el mal y el pecado se disipen en la nada. Tú consuelas nuestros corazones, compartes nuestras alegrías y luchas con nosotros en todas nuestras batallas. Tú eres el único Dios verdadero; tú nos conoces bien y nos mantienes a salvo.

Amar al creador es el principio mismo de la vida. Al amar a Dios llegamos a conocerle y a sentirnos como sus hijos e hijas. Adorar a nuestro Hacedor nos hace levantarnos sobre las adversidades de la tierra y llegar hasta las orillas del Paraíso, en pensamiento ahora, pero realmente después. Al adorar a Dios unimos nuestros corazones sedientos a la Fuente infinita de todas las cosas, y en esa comunión nos deleitamos.

Nuestro Padre es misericordioso y majestuoso, infinitamente sabio, poderoso y omnisapiente. Él nos observa tras las nubes y conoce el fin desde el principio. La vida que estamos ahora viendo no es sino un mero preludio, un atisbo de nuestra andadura eterna, donde las aparentes coincidencias se ven con luz diáfana, dando un propósito a nuestras vivencias. Es el propósito eterno que Dios ha establecido para nosotros en su plan divino antes de que el mundo tuviera su comienzo, en cuya realización nos deleitamos y nos encontramos a nosotros mismos.

Amamos a Dios no sólo por sus atributos, sino porque quiso crearnos y porque nos sostiene día a día. Él responde a nuestras oraciones, nos cuida en las dificultades de la vida, nos proporciona moradas en las que vivir tras nuestra estancia en la tierra. Dios nos da seguridad cuando la duda cruza por nuestros corazones humanos, haciendo que su caudal de amor nutra nuestros espíritus. Él nos da cobijo en el terror de la noche y nos alienta cuando desfallecemos. Él conoce nuestros caminos y nuestros nombres. Él es el Padre perfecto. Su plan divino nos provee en la necesidad de ahora y en la futura, porque en Él vivimos, nos movemos y somos.

El Señor de luz es una fuerza que se mueve, una llama divina que barre a todos los que se yerguen con orgullo ante Él, pero que reúne en su seno al manso y al humilde. Dormimos acunados en su amor e infundidos de su poder de lo alto seguimos adelante para seguir su misericordioso mandato. Su imagen inspira nuestras mentes porque nos hace ver un propósito tras nuestros afanes en la vida. Renacidos, de día vemos su imagen en cada flor, y por la noche descansamos en el conocimiento de su afecto. Cuando todo lo demás en la tierra falla, seguimos sus pasos a través de las dunas inexploradas del desierto. Su casa está cerca, y tenemos la llave. El nombre del Eterno está escrito en nuestros corazones y está atento a nuestro pensamiento para salvarnos con su poder.

Ayúdanos a oír tus palabras y a seguir tu espíritu, Padre nuestro. Muéstranos los misterios de la vida para ser capaces de concebir todo tu profundo amor. Danos más de ti mismo y guíanos cuando estemos en la oscuridad del camino. Te adoramos cruzando las murallas del tiempo y el espacio, y en tu presencia gozamos de un poco de Paraíso estando en la tierra. Te alabamos por salvarnos de todo lo que hemos dejado atrás. Eres la fuente de la vida y de la sonrisa, de todo lo bueno, lo bello, lo verdadero, y te serviremos hasta el fin, y más allá.

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--Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios y no hay otro fuera de él; 33 y amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios. (Mc 12, 32-33)

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él. (1 Jn 3,1)

viernes, 27 de mayo de 2011

SÚPLICA AL PADRE DEL PARAÍSO

Derrama grándemente el espíritu de tu misericordia en nuestros corazones. Guíanos con tu propia mano, paso a paso, por el incierto laberinto de la vida...

martes, 17 de mayo de 2011

LA PERFECCIÓN ETERNA DEL PADRE


Nuestros antiguos profetas entendieron la naturaleza eterna, sin principio ni fin, la naturaleza circular del Padre Universal. Dios está real y eternamente presente en su universo. Él habita el momento presente con toda su absoluta majestad y eterna grandeza. “El Padre tiene vida en sí mismo (1), y esta vida es vida eterna” (2). Desde la eternidad de los tiempos, es el Padre quien “da vida a todo” (3). Hay infinita perfección en la integridad divina. “Yo soy el Señor; yo no cambio” (4).

Nuestro conocimiento del universo no sólo nos desvela que él es el Padre de las luces (5), sino que también en su forma de dirigir el mundo, “no hay mudanza ni sombra de variación” (6). Él “anuncia lo por venir desde el principio” (7). Él dice: “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (8) “conforme al propósito eterno que hice en mi Hijo” (9). Así pues los planes y los propósitos de la Primera Fuente son como él mismo: eternos, perfectos y por siempre invariables (10).

Los mandatos del Padre son completamente definitivos y plenamente perfectos. “Todo lo que Dios hace, será perpetuo; sobre aquello no se añadirá; ni de ello se disminuirá” (11). El Padre Universal no se arrepiente (12) de sus propósitos primigenios de sabiduría y perfección. Sus planes son firmes, su consejo inmutable y sus acciones, al mismo tiempo, divinas e infalibles (13). “Mil años delante de sus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche” (14). La perfección de la divinidad y la magnitud de la eternidad estarán, para siempre, fuera del pleno alcance de la mente circunscrita del hombre mortal.

Según la actitud cambiante y la mente variable de los seres inteligentes de su creación, el modo de proceder del Dios inmutable, en el cumplimiento de su propósito eterno, quizás parezca variar; esto es, quizás varíe aparente y superficialmente, pero el propósito inmutable, el plan perpetuo del Dios eterno continúa estando vigente bajo la superficie y tras cualquier forma de manifestación externa.

En nuestro mundo, la perfección necesariamente ha de ser un término relativo, pero en el Paraíso, morada del Padre, la perfección ha de ser pura e incluso absoluta. Al manifestarse la Trinidad varía la forma de expresión de la perfección divina pero no se atenúa.

La perfección primordial de Dios no radica en su supuesta rectitud, sino en la inherente perfección de la bondad de su naturaleza divina. Él es final, completo y perfecto. Nada falta en la belleza y perfección de su recto carácter. Y todo el proyecto trazado para la humanidad está basado en el propósito divino de elevar a todas las criaturas de voluntad hacia su elevado destino, hacia la vivencia de compartir la perfección del Padre del Paraíso. Dios no es egocéntrico ni autosuficiente; nunca cesa de darse como gracia a las criaturas conscientes de sí mismas de nuestro inmenso universo.

Al ser Dios perfecto de una forma eterna e infinita, no puede personalmente conocer en sí la vivencia de la imperfección; no obstante, sí comparte con su Hijo la conciencia que él posee de toda la vivencia de imperfección de todas sus criaturas. Este rasgo personal y liberador del Dios de perfección cubre con su sombra el corazón y encauza hacía sí la naturaleza de todos los que han alcanzado discernimiento moral. De esta manera, al igual que mediante la proximidad de la presencia divina, el Padre Universal en realidad participa en la vivencia con la inmadurez e imperfección en el desarrollo espiritual de cualquier ser moral. Si bien, las limitaciones humanas, el mal en potencia, no forman parte de la naturaleza divina.

1Jn 5,26
2 Dn 12,2; 1; Mc 10,17,30; Mt 19,16,29; 25,46; Jn 2,25; 3,15,16,36; 4,14,36; 5, 13,20; 24,39; 6,27,40,47; 54,68; 8,51,52; 10,28; 11,25,26; 11,25,26; 12,25,50; 17,2,3; Lc 10,25; 18,18,30; Hch 13,46,48; Ro 2,7; 5,21; 6,22,23; Gál, 6,8; Tit 1,2; 3,7; 1 Ti 1,16; 6,12,19; 1 Jn 1,2; Jud 1,21; Ap 22,5.
3 Hch 17,25.
4 Mal 3,6.
5 Stg 1,17.
6 Stg 1,17.
7 Is 46,10.
8 Is 46,10.
9 Ef 3,11.
10 Is 25, 1; Mal 3, 6.
11Ec 3,14.
12 Nm 23, 19; 1 S 15,29; Sal 110,4; Jer 4,28; Zac 8,14; Ez 24,14; He 7,2.1. 
13 Sal 33, 11; Jer 32,18,19; He 6, 17.
14 Sal 90,42; P 3,8.

miércoles, 11 de mayo de 2011

BIENAVENTURADOS LOS MANSOS Y LOS LIMPIOS DE CORAZON



«Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

viernes, 29 de abril de 2011

VIGÉSIMO PASO: AMAR A JESÚS

Estamos empezando a conocer y a amar a Jesús y, en su amistad, nuestras vidas encuentran propósito y razón de ser.

Dicen que hace dos mil años un niño, anunciado por los ángeles, les nació a unos humildes judíos que tenían su hogar en Nazaret. Dicen que el padre murió siendo él todavía muy joven, y que con sus manos trabajó en las colinas y orillas de Galilea para mantener a su madre y hermanos. Viajó después durante algún tiempo y conoció el mundo romano mientras compartía el amor de Dios y, mientras pasaba, difundía la buena nueva a cientos de personas. Dicen que pasó por pruebas en todos los aspectos de la vida y, en compañía de Dios, venció tentaciones, dificultades y crisis con su fe y su firme devoción. A pesar de sufrir tantas adversidades, fue fiel a su visión superior del propósito de Dios, un propósito que había conocido antes de que los mundos fueran.

Cuando su tiempo llegó, dicen que eligió a unos apóstoles que dejaron sus casas y familias para compartir su vida, para caminar por los caminos polvorientos de Palestina y llamar a su gente al servicio de Dios. Dicen que cuando miraba a los hombres éstos eran capaces de ver su misma alma e incluso un destello del corazón de Dios. Dicen que era un hombre entre hombres; rudos pescadores de Galilea le llamaron Maestro. Dicen que curaba a los enfermos, devolvía la vista a los ciegos, perdonaba los pecados y resucitaba a los muertos; que daba a beber de una abundante fuente de agua viva, que daba fuerza al débil, consuelo al desconsolado, aliento al abatido, comprensión a todas las criaturas, todo lo que él sabía que las personas necesitaban; que depositaba, en el lugar más profundo del corazón de los hombres, los rayos sanadores del amor de Dios y hacía completos a aquellos cuyas vidas estaban destrozadas. Dicen que la gente común se alegraba cuando le oía y anhelaba su presencia, incluso bajaron a un paralítico por un tejado sólo para que estuviese cerca de él y hasta una mujer de la vida bañó de lágrimas sus pies.

Dijo que sólo Dios era bueno, y dijo a aquellos que sanó que su fe les había hecho completos. Enseñó la amistad sencilla con Dios y el servicio a los hombres; instruyó sobre el reino celestial, sobre la rectitud, la paz de Dios y la vida eterna. Los sumos sacerdotes fueron conscientes del peligro de que el hombre podía tener comunión directamente con el Dios del cielo sin necesidad de intermediarios y, entonces, ¿qué necesidad había de sacerdotes y rituales? Incapaces de hacer callar su fuerte voz, forzaron al débil gobernador romano a matar al que, habiendo salvado a otros, se negó a salvarse a sí mismo.

Dicen que al tercer día la roca que bloqueaba la entrada del sepulcro rodó y resucitó, y durante cuarenta días se apareció a aquellos que compartieron su amor. En Pentecostés subió a los cielos, pero envió su espíritu a los que amaban la verdad y se les fortaleció el alma e hizo nuevas todas las cosas. Sus seguidores no se intimidaron y difundieron la historia de su vida por todo el mundo romano, muriendo con honra por aquel a quien llamaban el Cristo.

Este hombre, del que se han escrito más libros que de cualquier otra persona, existió en inconcebible majestad mucho antes de que los mundos fueran y vino a la tierra para revelar el amor de su Padre. Su vida fue el misterio del hombre en Dios y de Dios en el hombre, un misterio que permanecerá para siempre. Una vez que le conocemos de verdad, nuestras vidas cambian, porque en él reside todo lo que podemos ser si queremos vivir la vida de la fe. El secreto de nuestra vida espiritual reside en todo lo que podemos conocer de Dios. Él es el punto de apoyo de nuestra fe. Aparte de él, todo lo que creemos que sabemos no es sino una mera abstracción. Con él, somos como ramas de una vid verdadera; sin él no somos nada. Él conoce nuestros caminos y sus propósitos. Él nos da de su propia vida y entra en nuestra mente para hacerla más limpia y fuerte.

Ayúdanos a amarte, Señor misericordioso. Ayúdanos a comprender tus palabras de bondad y de vida. Vive renovado en nosotros, porque sabemos que todo lo bueno viene de ti, y que sin ti estamos indefensos. Cuando nuestras vidas son tan complicadas que no sabemos qué pedir, transforma nuestros deseos sinceros y trae paz y sabiduría a nuestras confusas mentes. Dependemos de ti para hacer que nuestra vida merezca la pena y que honre tu nombre. Aparta de nosotros cualquier sombra de mal y de oscuridad; renuévanos para poder entregarnos por completo al servicio de tu reino. Anhelamos día a día tu compañía, anhelamos disfrutar del brillo de tu sonrisa. Prometiste preparar un lugar allá en las alturas para aquellos que desearan hacer tu voluntad; prepáranos uno aquí dentro de nosotros también para que tu presencia siempre inunde nuestros corazones y nuestras vidas.

domingo, 24 de abril de 2011

"YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA... "

Yo soy el pan de la vida.
Yo soy el agua viva.
Yo soy la luz del mundo.
Yo soy el deseo de todos los tiempos.
Yo soy la puerta abierta a la salvación eterna.
Yo soy la realidad de la vida sin fin.
Yo soy el buen pastor.
Yo soy el sendero de la perfección infinita.
Yo soy la resurrección y la vida.
Yo soy el secreto de la supervivencia eterna.
Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Yo soy el Padre Infinito de mis hijos finitos.
Yo soy la verdadera vid; vosotros sois los sarmientos.
Yo soy la esperanza de todos los que conocen la verdad viva.
Yo soy el puente vivo que lleva desde la tierra al cielo.
Yo soy el nexo vivo entre el tiempo y la eternidad.


¡Feliz Pascua de Resurrección!

sábado, 23 de abril de 2011

LECCIONES DESDE LA CRUZ

La cruz de Jesús representa la medida total de la devoción suprema del verdadero pastor hacia aquellos miembros apartados de su rebaño.

La cruz muestra para siempre que la actitud de Jesús hacia los pecadores no era ni una condena ni una remisión, sino más bien una salvación amorosa y eterna.

El verdadero valor de la cruz consiste en el hecho de que fue la expresión suprema y final del amor de Jesús, la revelación culminante de su misericordia.

Jesús convirtió la cruz en un símbolo eterno del triunfo del amor sobre el odio y de la victoria de la verdad sobre el mal, cuando oró: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

La cruz hace un llamamiento supremo a lo mejor que hay en el hombre, porque nos revela a aquél que estuvo dispuesto a entregar su vida al servicio de toda la humanidad. 

La cruz es el símbolo superior del servicio sagrado, la consagración de nuestra vida en beneficio de nuestros semejantes.

La cruz representa la devoción y la entrega y la gracia de la salvación voluntaria a aquellos que están dispuestos a recibirla.

La muerte en la cruz sirvió para estimular en el hombre la comprensión del amor eterno del Padre y de la misericordia sin fin de su hijo, y para difundir estas verdades universales a la humanidad entera.

viernes, 22 de abril de 2011

EL PERDÓN DE JESÚS

Las únicas palabras de Jesús mientras lo clavaban en la cruz fueron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.” No podría haber intercedido con tanto amor y misericordia a favor de sus verdugos, si estos pensamientos de devoción afectuosa no hubieran sido el motivo principal de toda su vida de servicio desinteresado a toda la humanidad. 

sábado, 16 de abril de 2011

DOMINGO DE RAMOS: LA ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN


La Semana Santa se abre con la memoria de la entrada en Jerusalén. El viaje de Jesús, iniciado en Galilea, está por concluir. Según narra el evangelio de Mateo, la última etapa es Betfagé, en el Monte de los Olivos. Jesús se detiene y envía por delante a dos discípulos para que le consigan una cabalga-dura. Quiere entrar en Jerusalén como nunca antes lo había hecho. El Mesías, que hasta ese momento se había mantenido oculto, toma posesión de la ciudad santa y del templo, revelando así su misión de verdadero y nuevo pastor de Israel, aunque esto --lo sabe muy bien-- lo llevará a la muerte. No entra sobre un carro, como el jefe de un ejército, aunque use la montura de los soberanos de la antigüedad: un pollino (Gn 49,ll). El asno no significa pobreza o una menor dignidad, en todo caso lo contrario. Jesús conoce cuanto está escrito en el libro del profeta Zacarías'. “¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén! Que viene a ti tu rey: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en una cría de asno (9, 9).

Jesús entra en Jerusalén como rey. La gente parece intuirlo y extiende los mantos a lo largo del camino, como era costumbre en Oriente al paso del soberano. Incluso las ramas de olivo, tomadas de los campos y esparcidas a lo largo del camino de Jesús, hacen de alfombra. El grito de “Hosanna” (en hebreo significa “sálvanos”) expresa la necesidad de salvación y de ayuda que sentía la gente. Por fin llegaba el Salvador. Jesús entra en Jerusalén, y en nuestras ciudades de hoy, como el único que puede hacemos salir de la esclavitud para hacernos partícipes de una vida más humana y solidaria. Su rostro no es el de un poderoso o un fuerte, sino el de un hombre manso y humilde. Bastan seis días para aclararlo todo: el rostro de Jesús será el de un crucificado, el de un vencido. Es la paradoja del Domingo de Ramos, que nos hace vivir juntos el triunfo y la pasión de Jesús. De hecho, con la narración del Evangelio de la pasión a continuación de la entrada en Jerusalén, la liturgia quiere como acortar el tiempo y mostrar en seguida el verdadero rostro de este rey. La única corona que se le pondrá sobre la cabeza en las próximas horas será de espinas, el cetro será una caña y el uniforme un manto de púrpura a modo de burla. Qué verdaderas son las palabras de Pablo: “Siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo” (Flp 2,6-l).

Esas ramas de olivo que hoy son signo de fiesta, en el huerto donde se retiraba a orar, le verán sudar sangre por la angustia de la muerte. Jesús no huye; toma su cruz y llega con ella hasta el Gólgota, donde es crucificado. Aquella muerte que a los ojos de la mayoría pareció una derrota fue en realidad una victoria: era la lógica conclusión de una vida gastada por el Señor. Verdaderamente solo Dios podía vivir y morir de aquel modo, es decir, olvidándose de sí mismo para darse totalmente a los demás. Una bella tradición quiere que cada uno se lleve a casa el ramo de olivo bendecido, tras haber cantado junto a los niños de los judíos “Bendito el que viene en el nombre del Señor.” Es el recuerdo del día de la entrada de Jesús en Jerusalén. Ese ramo es el signo de la paz, pero debe recordarnos también la necesidad que Jesús tiene de nuestra compañía. Precisamente bajo aquellos olivos centenarios de Getsemaní, Jesús, dominado por la angustia de la muerte, quiso que los suyos permaneciesen junto a él. Qué amargas son las palabras que dirige a Pedro: “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?”(Mt 26,40). Que el ramo de olivo sea un signo de nuestro compromiso de estar junto al Señor sobre todo en estos días. Es una hermosa manera de consolar a un hombre que va a morir por todos.

sábado, 9 de abril de 2011

“AL PASAR JESÚS”

Jesús contagiaba su alegría por donde pasaba. Irradiaba bondad y verdad. Sus discípulos no dejaron nunca de maravillarse por la dulzura de sus palabras. Se puede ser gentil con los demás, pero la dulzura que Jesús transmitía era el aroma de un alma llena de amor. Se puede ser bondadoso, pero cuando a la bondad le falta ternura no resulta atractiva, y la bondad de Jesús era tierna, amorosa y, por tanto, atractiva al que le veía pasar

Jesús en verdad comprendía el corazón del hombre, y era por ello por lo que expresaba una comprensión verdadera al mismo tiempo que mostraba una compasión sincera. Rara vez sentía lástima. Y mientras que su compasión no tenía límites, su comprensión era práctica y constructiva. Nunca fue indiferente al sufrimiento humano y era capaz de ayudar a las almas afligidas sin necesidad de que sintieran lástima de sí mismas. Jesús tenía la facultad de amar a todos con los que se encontraba. Amaba a cada hombre, a cada mujer y a cada niño. Su amistad era auténtica porque leía el corazón y la mente de los hombres. Jesus nos observaba de forma penetrante porque sentía un inmenso interés por el ser humano. Sabia comprender las necesidades humanas y darse cuenta de sus anhelos.

Jesús nunca iba con prisas. Disponía siempre de tiempo para reconfortar a quienes les veían pasar. Procuraba siempre que todo el que estaba con él se sintiera bien. Sabía oír. Nunca intentaba explorar de manera indiscreta el alma de sus seguidores. Cuando confortaba a las almas sedientas, los que sentían su misericordia no tenían la sensación de estar confesándose, sino más bien de estar conversando con él. Tenían una ilimitada confianza en él porque veían que él tenía a su vez fe en ellos. Jesús no pretendía dirigir las vidas de los que le acompañaban, sino que les hacía tener una mayor confianza en sí mismos y ser incluso más valientes. Cuando sonreía a alguien, la persona sentía una mayor capacidad para hacer frente a los problemas que pudieran afligirle.

Jesús amaba tanto a los hombres y con tanta sabiduría, que no dudaba nunca en reprenderles cuando las circunstancias lo requerían. Para ayudar a una persona, con frecuencia comenzaba por pedirle ayuda. Así suscitaba su interés y descubría lo mejor que posee la naturaleza humana. El Maestro sabía discernir la fe salvadora en la superstición de la mujer que buscaba la curación simplemente con el borde de su manto. No le importaba interrumpir un sermón o hacer esperar a una multitud mientras atendía las necesidades de una sola persona o incluso de un niño pequeño. Con Jesús sucedían grandes cosas no solamente porque la gente tenía fe en Jesús, sino también porque Jesús tenía fe en ellos. Y estas grandes cosas parecían suceder por casualidad, “al pasar”.

El ministerio en la tierra del Maestro tenía poco de premeditación. Concedía la salud y sembraba la alegría con naturalidad y gentileza mientras caminaba por la vida. Era literalmente cierto que iba de un lado a otro “haciendo el bien”. Jesús enseñó a sus seguidores y nos enseña ahora a nosotros a ayudar a los demás “al pasar”, a hacer el bien de forma desinteresada mientras atendemos a nuestras obligaciones diarias.

miércoles, 30 de marzo de 2011

DECIMONOVENO PASO: AMAR A NUESTROS SEMEJANTES

Damos cada vez más valor a los demás porque son los amados hijos e hijas de Dios y nos esforzamos por amar a cada uno de ellos tal como hace el Padre de los cielos.

En nuestros corazones sentimos verdaderos deseos de amar a nuestros semejantes, y nuestra alma se siente plena solamente cuando ama a los demás. A veces los caminos del amor son tortuosos, pero el impulso sigue ahí, irresistible incluso ante circunstancias adversas. Sin explicarnos cómo, el amor comienza por surgir y crecer sin importar el momento, el lugar o las circunstancias.

La expresión de este amor es un gran dilema, el santo grial de los profetas: ¿cómo amar de la manera que un padre ama a un hijo? ¿cómo amar a los demás como nuestro Padre nos ama a nosotros? ¿cómo se comienza a amar y cómo podemos hacer que ese amor perdure? Nace en un lugar profundo y desconocido, rodeado de misterio y por razones que se nos escapan. No entendemos por qué amamos, solo que lo estamos haciendo, porque el flujo del amor se resiste a cualquier análisis. El verdadero amor no repara en gastos, esfuerzo o gratificación, sino que simplemente existe en un espíritu de bondad y ternura. Pero, siendo un mundo tan diverso ¿cómo podemos aprehender ese espíritu y otorgárselo a una persona desaprensiva, cruel o sin fe? ¿Somos capaces de mirar a nuestros hermanos y hermanas a través de los ojos del Padre y ver lo que Él ve, sin emitir ningún juicio?

Se nos conoce por el objeto de nuestro amor. Muchos aman las posesiones, otros las apariencias y algunos incluso aman el engaño como forma de vida, disfrutan siendo cada vez más astutos. Algunos aman el dinero, el poder o la fama; otros aman las cosas más sencillas, y es a ellos a los que el Maestro prometió el reino. Nuestro amor puede dejar un camino abierto tras nosotros, puede evaporarse en el cielo o dejar un rastro de lodo en el suelo.

El Padre fabrica el tejido del que está hecho el amor. Tomamos la sustancia del amor de su almacén y la tejemos para vestir al desnudo. Actuar por amor estimula al amor verdadero; amamos amando. Obrar por amor prende al mismo amor, porque cuanto más amor sintamos hacia los demás, más se reflejará en éstos y más aumentará como vivencia compartida el impulso a amar.

El universo nació del amor, no sólo del fuego. El amor es el impulso interior de la vida y cuando amamos, esa fuerza formidable resuena con poder universal en lo alto, prometiendo una nueva vida y un yo renovado. Vemos por su luz y, cuando se nubla el horizonte, hay unos rayos dorados que bañan al dador y al recipiente del amor porque en éstos el Padre del universo se revela y se expresa. La ausencia de amor sólo trae odio o indiferencia y, aparte del amor, cualquier relación entre los seres humanos queda vacía de contenido y resulta inútil y engañosa. Pero en el amor del Padre somos completos, recobramos nuestras fuerzas, se secan antiguos barrizales, disminuye el peso sobre nuestros hombros y vemos el corazón de Dios en el momento de la creación.

Los que dudan del poder del amor no conocen el gozo de la vida. Aquellos que anteponen los bienes por encima del amor son prisioneros de la ilusión, porque por ninguna posesión o posición merece la pena que perdamos el amor que perdura cuando las muchas cosas que hemos obtenido se deterioran o van a otras personas. El amor sobrevive a los bienes materiales y es más dulce que éstos. El amor hace resaltar lo bueno de nuestras vivencias, permanece cuando todo lo demás falla. El amor alivia la fiebre de nuestras frentes y refrena la mano del verdugo. El amor por sí mismo hace que merezca la pena vivir y que sintamos a Dios de forma más real y no solo a través de oraciones solitarias entre los muros de un claustro. El amor tiende un puente en el abismo que existe entre lo que somos y lo que queremos ser, nos da todo lo que tenemos y somos y sin él estamos vacíos, como atrapados en una prisión de negatividad y desesperación.

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Por amor de mis hermanos y mis compañeros diré yo: “¡La paz sea contigo!”. (Sal 122,8)

El odio despierta rencillas, pero el amor cubre todas las faltas. (Pr 10,12)

Las muchas aguas no podrán apagar el amor ni lo ahogarán los ríos. Y si un hombre ofreciera todos los bienes de su casa a cambio del amor, de cierto sería despreciado. (Cnt 8,7)

En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros. Jn 13,35

Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. (Jn 15,13)

Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. (Ro 12,10)

Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. (1 Co 13,1)

Sobre todo, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. (Col 3,14)

sábado, 12 de marzo de 2011

EN LA COMPAÑÍA DE DIOS NUESTRO PADRE ...

"Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios... ". Este río es la voluntad del Padre y fluye hacia los que están dispuestos a recibir el agua de la vida. La vida no tiene sentido aparte de la relación con Dios. Una generación que se vanagloria en las posesiones y sensaciones está vacía de contenido espiritual porque no llega a satisfacer la realidad más profunda y verdadera del corazón humano. El Padre anhela que sus hijos estén con él y vivan en su amor. Para vivir así se necesita que lo busquemos con todo nuestro corazón y que abandonemos aquellas cosas que se interponen entre nosotros y el reino de la vida, de la salud y de la felicidad.

Los problemas que hemos tratado en estas páginas (cuando nos sentimos solos, cuando sentimos miedo, ante el estancamiento espiritual, ante la soledad o ante los fracasos de la vida) son como una serie de preguntas con dos respuestas posibles en cada caso. No existe ningún tipo de problema sea emocional o espiritual que no pueda solucionarse si decidimos compartir íntimamente nuestras vidas con el Padre y disfrutar de la valiosa compañía de nuestros semejantes. Ese Poder que creó el mundo hace desaparecer de inmediato el sentimiento de soledad, aislamiento, duda, confusión, culpa, desánimo, derrota, impaciencia, estancamiento y miedo.

Excepto en caso de la intervención de leyes superiores, los hechos de la existencia material deben simplemente aceptarse. La oración por sí misma no puede sanar, pero sí puede abrirnos una perspectiva de curación espiritual y una fe ilimitada en la aceptación de la solución que el Padre da a cada uno de nuestros problemas, pequeños o grandes, y en la que el bien se sirve incluso de la tragedia.

Cuando vamos a nuestro Padre sentimos una paz que sobrepasa toda comprensión. Las dificultades y las tragedias de la vida no cesan de ocurrir, pero sabemos que Él las siente con nosotros. En compañía de Dios nos sentimos con más valor, ganamos percepción de todo lo que ocurre a nuestro alrededor, empezamos a ver las cosas a través de sus ojos. Nos alegra vivir la vida y sus vicisitudes porque sabemos que el Padre nos ha puesto aquí para que pasemos una prueba corta, pero intensa, y que la vida eterna nos espera al otro lado, donde las dificultades materiales ya no se cernirán sobre nosotros con tanta virulencia. Nos da fuerzas percibir que somos parte de un todo más grande donde reinan la rectitud y la belleza. Vemos esta esfera oscurecida por el pecado como un campo de entrenamiento que Dios ha hecho santo y sagrado. Vemos al Padre como quien ve a un amigo, y aprendemos a amar a los otros como él nos ama.

Cuando nos encontramos con nuestro Padre y compartimos nuestras vidas con él, sentimos cómo su energía nos renueva a cada instante. Él nos lleva a una alta planicie desde donde podemos observar en amplitud los problemas de la vida y allí, en la distancia, vemos la radiante ciudad de nuestros sueños. Su poder se mezcla con nosotros, y nos vemos parte de un esfuerzo superior, en donde los hijos y las hijas de Dios trabajan juntos para el avance de un todo mayor, colaborando a que llegue pronto el día en que este mundo sea el lugar que queremos que sea.

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Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. (Sal 46,4)

38 Cualquiera sea la oración o súplica que haga cualquier hombre […] cuando cualquiera sienta el azote en su corazón y extienda sus manos hacia esta casa, 39 tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, perdonarás y actuarás; darás a cada uno, cuyo corazón tú conoces, conforme a sus caminos (porque solo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres) (I R 38-39)

Pero tú mirarás a la oración de tu siervo, y a su ruego, Jehová, Dios mío, para oir el clamor y la oración con que tu siervo ora delante de ti. (2 Cr 6,19)

Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. (Flp 4,6)

domingo, 20 de febrero de 2011

DECIMOCTAVO PASO: COMPARTIR CON NUESTROS SEMEJANTES NUESTRAS VIVENCIAS ESPIRITUALES

Estamos más dispuestos a aceptar tanto el deber como el privilegio de compartir la buena nueva y sentimos deseos de transmitir a los demás nuestro conocimiento del amor de Dios.

Ahora que sabemos quiénes somos, debemos ayudar a nuestros semejantes para que ellos sepan también quiénes son. Ahora que vivimos en un promontorio de gracia por encima del agitado mar, podemos rescatar al náufrago y despertar al que está dormido. Pero no es suficiente con impartir instrucciones. Los que se están ahogando se resisten a ser liberados de las aguas que les son conocidas y raras veces aceptan la cuerda que les arrojamos. Primero, hay que hacerles ver el valor que tienen para Dios, porque a muchos no les falta el sentimiento de Dios, sino reconocer el hecho de considerarse sus hijos e hijas amados.

Esos que se resisten han colocado en el camino que llega hasta sus almas rocas perfectamente alineadas capaces de despedir el agua de la vida como lo haría una acera con el agua de la lluvia. El alma es receptiva y sensible pero está encerrada, apartada de la vida exterior. Si las rocas se golpean, se asientan con más firmeza todavía, pero si se tiene la paciencia suficiente, se podrá observar que existen hendiduras en el empedrado por las que el espíritu puede transmitir la vida a la agostada alma que está en el interior. Desde lo alto, el Padre envía su amor, en forma de gotas de lluvia que penetran, por las hendiduras más pequeñas, a esos desiertos del alma, revelándose a sí mismo y preparando a esos hijos que renacen para la aventura eterna.

No es posible tener encerrado al espíritu de Dios entre muros tan sombríos, porque Él con su calor y fulgor hará desaparecer la humedad. La acción del espíritu interior no se puede anular ni con la aflicción ni con el odio, porque su potente caudal se mueve a niveles más profundos que esas emociones más superficiales que atraen nuestra atención día a día. Pero, ¿cómo podemos ayudar a los que sólo saben vivir de la manera que siempre lo han hecho, inconscientes de los designios de Dios? ¿Qué llave es capaz de abrir la puerta de su destino? ¿Somos realmente maestros en tallar una bella figura en el retorcido tronco? Sin saber de qué manera ha fluido la savia para formar un tronco así, ¿podemos modelar cada gesto, cada rizo del cabello si se nos echa la noche y sólo disponemos de un cortaplumas mal afilado? ¿Quién guiará nuestras manos para que no tallemos la madera por donde tiene su base? Pero hay una voz en nuestro interior que nos guía y que sabe el justo momento en que tenemos que hablar o callar ante nuestro hermano. Nuestro espíritu habla con el suyo, y si compartimos en el amor, sus cansados ojos podrán desentrañar y recordar, como en un eco, el lugar del que le hablamos.

El lenguaje que compartimos está menos en las palabras que en nuestro caminar diario con Dios. El amor se ve con mayor claridad en los silenciosos actos de la vida diaria, incluso más que con las palabras, porque, éstas, por sí mismas, son poco convincentes si no mostramos nuestro amor en lo que hacemos; el verdadero afecto surge de nuestra manera de vivir más que de decir.

Llegará el momento adecuado de compartir con nuestro hermano lo que hemos aprendido. Nuestro tiempo en la tierra es corto y pasa demasiado rápido, así que debemos actuar en cuanto podamos, porque cada día resta uno menos. No podemos hablar con cada hermano que nos encontremos por la calle, pero cuando el espíritu interior nos guíe, no debemos vacilar. Entonces Dios puede hacer que esa pequeña chispa de vida que salta inesperadamente se transforme en una gran llama de vida ineludible que abra grandes ventanales hacia los mundos celestiales.
Padre nuestro, te damos gracias porque podemos compartir tus enseñanzas y transmitir lo que tú nos ha dado. Sabemos poco de ti, Padre celestial, pero sabemos que eres el primero en amar, y que todas las cosas buenas las hace tu espíritu. Sabemos que amas a todos tus hijos y que deseas estar en comunión con cada uno de ellos como lo estás con nosotros. Guíanos y ayúdanos a traer tu reino aquí a la tierra. Dirígenos para que podamos servir a nuestros hermanos de forma efectiva y duradera para que no te defraudemos. Ábrenos a las vías del espíritu para que lo que digamos les sea útil, tenga verdad y les irradie amor. Te amamos, Padre justo. Quédate con nosotros mientras te compartimos con aquellos que menos te conocen.

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y le he llenado del espíritu de Dios, y de sabiduría, entendimiento, conocimientos y aptitud creativa (Ex 31,3)

Y el que da semilla al que siembra y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera y aumentará los frutos de vuestra justicia, (2 Co 9,10 )

“No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto, (Lc 6,43)

Nada hagáis por rivalidad o por vanidad; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo. (Flp 2,3

Y amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mt 19,19)

No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros, pues el que ama al prójimo ha cumplido la Ley, (Ro 13,8)

Y yendo, predicad, diciendo: “El reino de los cielos se ha acercado”. (Mt 10,7)

Y les dijo: --Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. (Mc 16,15)

4 Mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y la comieron… 8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno. 9 El que tiene oídos para oír, oiga». (Mt 13, 4-9)

Pero tú has seguido bien mis enseñanzas, mi forma de vida, mis planes, mi fe, mi paciencia, mi amor y mi fortaleza para soportar (2 Ti 3,10)

— Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 35 Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. (Mc 8,35-36)

En cambio, el Espíritu da frutos de amor, alegría y paz; de paciencia, amabilidad y bondad; de fidelidad, (Gl 5,22)

miércoles, 2 de febrero de 2011

ANTE LA IMPACIENCIA Y EL ESTANCAMIENTO ESPIRITUAL

La persona impaciente se enoja porque el árbol no da frutos antes de la estación debida. El impaciente supone que Dios no está actuando lo suficientemente rápido, que nosotros sus criaturas, comprendemos los acontecimientos a nuestro alrededor mejor que el Creador en quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.

Aquellos que hacen las cosas antes de su debido tiempo fracasan en sus esfuerzos porque aún no se han dado las condiciones que los llevaría al éxito. Cuando actuamos en la fe, sin embargo, cooperamos con el tiempo marcado por nuestro omnisapiente Padre y nos serenamos porque renunciamos a aquellas cosas sobre las que no tenemos control. De esta manera, nos liberamos de algunas de las tan pesadas cargas terrenales, y nos encontraremos libres para entregarnos a las tareas que únicamente nos correspondan; también cesaremos de hacer planes personales para las vidas de otros puesto que debemos amar a nuestros hermanos y no presionarlos para que actúen de forma contraria a su libre voluntad.

La impaciencia evidencia una falta de sumisión a la voluntad del Padre. La persona impaciente tiene su propio plan, que parece ser superior al de Dios. Incluso más perniciosamente, en la impaciencia se intentan tomar atajos, hacer cosas a nuestra manera en lugar de a la manera de Dios. Pero todo este esfuerzo apresurado se convierte en nada porque aún no se han dado todas las circunstancias necesarias para el éxito. El tiempo marcado por el Padre es supremo, y aparte de éste nada acontece de verdadero valor. Dios provee el poder y el modelo que hacen posible el logro perdurable.

Pero mientras que la impaciencia incita a una acción descompasada, el estancamiento, el miedo a vivir, no incita a ninguna. El estancamiento conlleva el rutinario sentimiento de estar aprisionados en una forma de vida improductiva. Persistimos en este estado tan inútil y monótono por miedo a que incluso si lo intentáramos, fracasaríamos en sacar algo de nosotros mismos, y que si, por casualidad, tuviéramos éxito, la vida fuera de la rutina sería probablemente peor. La cura del estancamiento es la oración para saber la voluntad de Dios, y luego la acción enérgica, dedicada, enraizada en la confianza de que Dios manifestará su perfecta voluntad en nosotros, mediante nosotros y para con nosotros.

El agua se estanca cuando no se mueve. De igual manera el anquilosamiento espiritual sucede cuando no nos atrevemos a arriesgarnos por nuestros ideales más elevados en cuanto al plan de Dios para nuestras vidas. El estancamiento y la impaciencia son dos polos opuestos dentro de un problema común de falta de sumisión al plan del Padre. Hay momentos en los que tenemos que esperar y momentos en los que tenemos que actuar, y los que siguen el espíritu de Dios saben de la guía que les lleva a actuar en el momento adecuado. La adoración y el servicio nos une al corazón de Dios, nos proporciona la energía espiritual necesaria para tomar una acción decisiva y nos hace progresivamente más eficaces en los ámbitos de servicio a los que somos llamados.

El estancamiento espiritual proviene de nuestra negativa para buscar la verdad espiritual y a brindarles a los demás la que hemos recibido. Los que están dedicados al servicio no pueden nunca estancarse, porque el Padre los conduce por caminos de preciados retos en los que su amor pueda revelarse. Puede que aquellos hartos de las cosas de este mundo eviten el estancamiento mediante la frenética y siempre variable procesión de tareas que consideramos inútiles; sin embargo, cuando se sirve a Dios, incluso la labor más común es santa y sagrada.

El estancamiento deja notar la ausencia de retos, lo que delata, en cambio, la falta de un nexo espiritual y vivo con Dios, que continuamente nos mueve en los ámbitos superiores de servicio. Debemos pues someternos a la voluntad del Padre y hacer que sus planes sean los nuestros en cada circunstancia, confiando en su sabiduría y bondad porque fuera de Él no somos nada.

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El plan de Dios permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón, por todas las generaciones. (Sal 33,11)

¿Cuál es mi fuerza para seguir esperando? ¿Cuál es mi fin para seguir teniendo paciencia. (Job 6,11)

Yo soy Dios… que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: “Mi plan permanecerá y haré todo lo que quiero; (Is 46,10)

3 Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; 4 y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; 5 y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. (Ro 5,3-5)

Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. (Ro 15,4)

Y el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús… (Ro 15,5)

Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe… (Gl 5,22)

Fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, obtendréis fortaleza y paciencia… (Col 1,11)

Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas. (Lc 21,19)